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Interpersonal Space and Collective Behavior Systems
Eva Aladro-Vico
Doctora en Comunicación de la Información.
Profesora Titular, Universidad Complutense de Madrid, España,
ealadro@ucm.es
Resumen
Este artículo explora los nuevos avances en
la investigación de la comunicación interpersonal en diversos
campos psicológicos y sociales, mostrando la poderosa influencia
de esta dimensión de la comunicación sobre la conciencia humana,
y la gran cantidad de fenómenos que indican que la dimensión
interpersonal de la comunicación es fundamental para el control
y el desarrollo de las relaciones humanas.
Palabras Clave: comunicación interpersonal,
proxemística, sistemas de conducta, homeostasis, contagio,
mentalidad grupal.
___________________
En
la comunicación interpersonal se crean sistemas de información que a
modo de organismos superiores al individuo o de supraconciencias
interfieren con la mente individual y actúan en el tiempo y el
espacio con fuerza vinculante muy intensa.
La
existencia de estos fenómenos está demostrada desde que, a comienzos
de siglo, comenzó a comprobarse el comportamiento supraorgánico de
los grupos humanos (Tarde, 1988; Jannis, 1972). Los fenómenos de
contagio y estesia (Landowsky 2005) son ejemplos de la capacidad
vinculante y automática de los fenómenos de comunicación
interpersonal y grupal.
Del
carácter cibernético de la comunicación grupal se ocuparon dos
grandes escuelas teóricas a comienzos del siglo pasado. Una la
constituyeron los estudios de la mentalidad grupal y del
comportamiento sectario. Janis (1972), Fromm (1941) y Merton (1949)
analizaron cómo se producían transferencias psicológicas de
conciencia individual al organismo grupal que producían el
pensamiento sectario.
En
los fenómenos estudiados por Janis (1972) los individuos
intercambiaban su conciencia y su sensibilidad individual por la
mente del líder grupal y por la fuerza del grupo. Convertidos en
miembros de un supraorganismo, los seres humanos ven invadida su
conciencia individual por la mente grupal y por las leyes que
imperan para esa dimensión de acción humana. Ya en estos estudios
podíamos comprobar las interacciones y leyes homeostáticas del mundo
de la comunicación entre personas.
En
dichos fenómenos se manifestaba la existencia de fenómenos
compensatorios muy característicos del ámbito interpersonal grupal.
La sublimación de complejos de inferioridad, inseguridades y miedos
mediante la absorción de la conciencia en la mentalidad grupal, al
servicio del líder, que actúa como una mente de un cuerpo armado
formado por individuos sin conciencia propia, mostraba un tipo
particular de homeostasis supraorgánica. Janis (1972) y Fromm (1941)
mostraron cómo la solidaridad del grupo era mayor cuanto más sólida
era la homeostasis establecida de sustituciones entre la mente
individual y la mente supraindividual, o entidad parecida a la
misma. Recientes investigaciones han confirmado estos fenómenos (Baron,
2005), y la influencia de la cohesión grupal y la uniformidad de los
individuos a la hora de generar pensamiento grupal.
Jannis (1972) estudió todo el fenómeno desde la óptica de la mente
racional individual. El fenómeno del pensamiento grupal, con su
obnubilación del juicio propio, la falta de capacidad crítica, el
sesgo en la recepción de la información contraria al grupo, y la
incapacidad crónica de procesar la información en esas situaciones,
estaban indicando claramente la incidencia de otro sistema de
control, por encima del pensamiento deliberado del individuo sobre
el comportamiento humano.
Avances en el
conocimiento de leyes de acción interpersonales
La
escuela que más profundizó en el carácter supraorgánico o
extrahumano en estos fenómenos fue la de Palo Alto, a través de la
obra de Watzlawick, Beavin y Jackson (1967). Estos autores
establecieron las primeras leyes en los intercambios interpersonales
comunicativos básicos. Por ejemplo, la confirmación de que los
intercambios comunicativos son de dos tipos: complementarios o
simétricos.
Don
Deavila Jackson (1953, 1968, 2009), en su breve vida, desarrolló
profundas reflexiones sobre la complementariedad y sistematicidad de
la comunicación interpersonal. Como el autor afirmaba, las
relaciones humanas tienden a constituir unidades equilibradas que
siguen leyes de homeostasis. Cuando las relaciones alcanzan un
cierto desarrollo y estabilidad, en ellas se definen los roles y se
constituyen sistemas conductuales en los que cada rol y posición
refuerza y retroalimenta los roles y las posiciones de los demás
integrantes en el sistema (para una recuperación en profundidad de
este fenómeno, véase McKay, Fanning y Paleg, 1994).
La
complementariedad rige los sistemas de interacción en homeostasis,
en los que se cumple la ley del equilibrio y el refuerzo, y en los
que el principio del orden se hace fundamental. En el estudio del
pensamiento grupal ya se había demostrado cómo el orden puede
dominar la conducta humana más allá de la racionalidad, sobre todo
cuando ese orden interfiere en la conciencia y en la adquisición de
información del entorno. Fromm (1941) había indicado que los
individuos particularmente inseguros pueden encontrar en el estricto
orden del grupo totalitario un principio fuerte al que aferrarse, y
un orden que seguir en su confusa estima individual.
Paul Watzlawick continuó el hilo conceptual de la distinción entre
dos dinámicas de interacción diversas, la dinámica de
complementariedad y la de simetría, y abordó los fenómenos
denominados de escaladas, de los que señaló la dirección de estudio
de los intercambios comunicativos simétricos en las denominadas
escaladas conductuales. Cuando en una interacción los dos individuos
pugnan por intensificar el dominio en su posición y por responder a
los intentos de dominio del otro, surgen las escaladas
comunicacionales de simetría (véase Watzlawick et ál., 1967, p. 69).
Todavía sabemos relativamente poco de las escaladas. Se trata de
fenómenos en los que la simetría —y no la complementariedad— rige el
comportamiento. Si utilizamos la terminología de Hellinger (2006, p.
53), autor mucho más reciente, según la cual existen tres leyes
básicas en la interacción interpersonal, que son las del equilibrio,
el orden y el vínculo, podemos distinguir claramente entre
interacciones complementarias y simétricas, y obtener interesantes
observaciones de estos fenómenos.
En
las escaladas predomina el vínculo sobre el equilibrio, es decir,
los participantes en la interacción trabajan para reforzar el
vínculo, ya sea positivo o negativo, y no tanto el equilibrio, que
aparece en un papel más secundario, y mediante el cual se procura la
igualdad en las actuaciones de ambos participantes.
La
intensidad siempre creciente de estas formas de relación indica que
el refuerzo del vínculo es la ley imperante en estas relaciones
interpersonales. Y como venimos diciendo, al tratarse de un
principio o mecanismo de actuación que supera el ámbito personal, el
individuo que participa en una escalada no es consciente de que está
constantemente reforzando un vínculo, sea positivo, sea negativo. En
las escaladas cada individuo responde intensamente redoblando en
simetría las actuaciones del otro. Se trabaja fundamentalmente para
definir la situación y remacharla, como si ésta estuviera
insuficientemente organizada.
En
las interacciones complementarias predomina fundamentalmente el
equilibrio sobre el vínculo ya creado y establecido. El equilibrio
ya está formado, se trata de un equilibrio imperfecto, que amenaza
el vínculo sólo en cierto grado. McKay, Fanning y Paleg (1994) han
estudiado a fondo el carácter sistemático de las homeostasis
conductuales de equilibrio en la pareja. Es muy interesante
comprobar que las actuaciones de los individuos en un sistema
homeostático son un juego de suma cero, en el que la intensidad de
las respuestas y actitudes está medida con respecto a las de los
demás, y constituyen siempre una cadena de causas y efectos mutuos.
El equilibrio domina situaciones muy imperfectas e incorrectas en
las interacciones grupales, por ejemplo, creando situaciones de
dominio y sumisión, de hiperfunción y extrafunción, de
hiperactividad y pasividad, de sadismo y masoquismo, entre muchas
otras.
Esta ley supraorgánica también interfiere gravemente en la
conciencia humana, y solamente cuando las personas son capaces de
reconocerla en acción pueden liberarse de la misma.
Respecto al orden, que obliga a los individuos a respetar las
posiciones y los privilegios en cada papel de un sistema
interactivo, en las escaladas existe una auténtica lucha por el
poder en el mismo, mientras que en los sistemas homeostáticos de
conducta el orden es el telón de fondo sobre el que todo está
establecido, y que no se debe perturbar, pues una variación en el
mismo introduce el desequilibrio en el sistema que rechazan y
rehuyen los integrantes en el sistema conductual.
En
las escaladas simétricas existe una pugna por un nuevo equilibrio de
poder en la relación que, además, se sirve del vínculo y su
necesidad creada para intensificarse de una manera creciente.
Podríamos decir que las escaladas de agresividad no podrían llegar
hasta donde llegan si no se basaran en el fuerte vínculo, el cual
crean y convierten en negativo. En estas interacciones, el refuerzo
es la ley fundamental y los individuos duplican y redoblan sus
acciones y reacciones con la finalidad de intensificar la relación,
sea positiva, como ocurre en los procesos de enamoramiento, sea
negativa, como ocurre en los procesos de crisis relacional y de
agresividad.
Existen interferencias
de la mente interpersonal en la mente individual
El
avance en el conocimiento de estos procesos se debe a las últimas
teorías sobre relaciones interpersonales del final del siglo XX. No
fue sino hasta el final de dicho siglo cuando los conocimientos en
comunicación interpersonal volvieron a despegar y a ofrecer muy
importantes hallazgos. Una de las teorías fundamentales es la de las
constelaciones familiares, de Bert Hellinger (2006, 2007.) Hellinger
ha profundizado en aspectos de la interacción entre la conciencia
individual y la conciencia colectiva que debemos recordar aquí por
su importancia.
En
los mecanismos y resortes de la conciencia grupal o interpersonal
hay leyes y reflejos que controlan y determinan la conciencia
individual. La evidencia de este hecho no surgió hasta la obra de
Hellinger, pues aunque la psicología viene trabajando intensamente
en la elucidación de la conciencia individual y sus elementos
reprimidos u ocultos en formas inconscientes, este aspecto de la
dinámica interpersonal es completamente novedoso.
Hellinger se ha orientado hacia las leyes que gobiernan los sistemas
conductuales familiares. Entre estas leyes son importantísimas las
del vínculo grupal y su mantenimiento, la del orden y jerarquía del
grupo, los sistemas de prelación temporal y evolución en el tiempo,
y la ley del equilibrio afectivo. Vamos a considerar en detalle
estas leyes por cuanto afectan directamente a la conciencia
individual, subsumiéndola en un servomecanismo director de la
conducta que tiene poco o nada que ver con la inteligencia humana.
La
ley del orden en el grupo familiar, extrapolable a otras formas de
relación interpersonal, como la pareja o el grupo de amistad,
establece una serie de derechos de pertenencia y de preeminencia en
los grupos humanos. Una vulneración del orden produce una
perturbación en el sistema a la que se responde supraorgánicamente,
en grupo, paliando sus efectos mediante la interposición de medidas
que usan a los individuos como instrumentos de compensación y de
reparación del daño o expiación de la culpa (Hellinger, 2006, pp. 89
y ss.).
Los
grupos que tienen y establecen órdenes relacionales y de afectividad
tienen además leyes de prevalencia relacionadas con la supervivencia
del grupo en el tiempo. Así, Hellinger ha detectado cómo los
individuos más viejos del grupo deben tener el respeto y
reconocimiento de los nuevos incorporados al sistema, si no es así
el orden se ve alterado y la conciencia individual se ve afectada
por ese desorden, por ejemplo, desarrollando una incapacidad de
abandonar el conflicto creado, y de progresar hacia el futuro. A su
vez, los individuos más nuevos de un grupo tienen que tener libertad
para progresar en el mismo, y esa libertad la obtienen mediante el
respeto y reconocimiento de su origen, de sus padres y predecesores,
a los que deben todo, pero de los que obtienen libertad para actuar
y crear.
Este sistema de orden no es moral, sino que constituye una dinámica
interpersonal con leyes de equilibrio propias, supraorgánicas y no
relacionadas con la conciencia más que de un modo instrumental. El
reconocimiento del orden del grupo sirve fundamentalmente para su
continuidad en el tiempo y el espacio. El grupo tensa su fuerza de
orden para evitar disgregarse y desaparecer como tal, mediante los
problemas que crea en las personas individuales cuando su orden no
se desarrolla correctamente.
Algo similar ocurre con las otras leyes grupales interpersonales. La
ley del vínculo establece un fuerte sentido de pertenencia que debe
respetarse, y cuando un individuo o más se ven despojados de su
derecho de pertenencia, se introduce una grave avería en el sistema
que intentará paliarse supraorgánicamente, con sustitutos y con
simulaciones, en una clara tendencia homeostática. Así, los miembros
excluidos del grupo son sustituidos en su lugar y funciones por los
nuevos miembros, que no pueden progresar en tanto sigan cumpliendo
funciones ancladas en exclusiones y fallos de los sistemas ocurridos
en un momento dado.
Cuando el desarrollo vital de una persona está detenido sin motivo
aparente, puede que esa persona esté siguiendo una ley o tensión del
sistema grupal interpersonal. Estudiando la vida del grupo, o tal
como la denomina Hellinger con terminología jungiana, la
"constelación familiar", es posible reconocer la historia del
sistema interpersonal, hallar sus características y sus leyes de
conducta, y detectar las anomalías que, una vez pasan a la
conciencia, son dominadas por los individuos. La conciencia familiar
es extremadamente poderosa en la inconsciencia, pero fácilmente
domeñable por la conciencia reflexiva individual.
En
esas situaciones vemos trabajar el principio de homeostasis
diacrónicamente en el espacio temporal. Si los sistemas conductuales
analizados por Jackson mostraban cómo una familia desarrolla una
resistencia al cambio y una reticencia a mejorar los roles y la
situación de sus miembros con tal de conservar el sistema creado, en
las constelaciones familiares afectadas por exclusiones y
posposiciones vemos el orden homeostático trabajando literalmente
con las vidas de generaciones enteras, que se resisten a cambiar una
vez encontrado un equilibrio imperfecto de sustituciones y parches.
En
la ley del vínculo podemos ver hasta qué punto este tipo de
conciencia supraorgánica o interpersonal nada tiene que ver con la
conciencia humana individual. El vínculo considera miembros de un
grupo familiar a vivos y muertos, a nacidos o no nacidos, a primeros
y segundos esposos, a amantes y hermanastros. Los individuos no son
tales, son piezas de un sistema en el que los fallos y huecos
producen maniobras sustitutivas. La conciencia de cada persona no
tiene ninguna función en estos sistemas. De hecho, y precisamente
por ello, para que estos sistemas existan en la conciencia
individual, es preciso escenificarlos en el espacio, como veremos
más adelante, y de este modo emergen como fenómenos humanos.
Las
leyes relacionadas con el equilibrio en los sistemas familiares
funcionan fundamentalmente para coordinar unos principios con otros
en un servomecanismo interpersonal de importante función en todo el
fenómeno.
La mente interpersonal y
sus leyes constitutivas
Hay
que mencionar, como un hecho significativo, que las distintas leyes
que dominan la conciencia supraorgánica del grupo familiar están a
su vez dominadas por sistemas de equilibrio y homeostasis. Así, en
las escaladas comportamentales existe un uso dinámico del principio
del equilibrio en el toma y daca de la relación, aunque al servicio
del vínculo, sea éste positivo o sea negativo.
En
la relación entre equilibrio y vínculo en las escaladas el principio
homeostático está sometido al principio del refuerzo del lazo de
relación. Sin embargo, el impulso para que la escalada progrese
proviene del sentido del equilibrio de poder en el sistema sobre el
que se desea actuar en las escaladas simétricas.
Así, en una escalada de agresividad entre dos individuos se responde
al otro en virtud del principio del equilibrio, pero se intensifica
la respuesta para potenciar el vínculo existente de tipo negativo.
Al igual que en las escaladas simétricas positivas, como las que
tienen lugar en el enamoramiento de pareja, la ley dominante es el
vínculo y su refuerzo constante de dicho vínculo, para lo que se
invierte en todo tipo de manifestaciones y emisiones de afecto hacia
el otro. No obstante, en el refuerzo mutuo del vínculo está ya
sistematizado el equilibrio que, una vez estabilizada la relación,
toma el mando, y así las relaciones van tomando formas más
complementarias, en las que la homeostasis se impone y el equilibrio
desigual ancla más férreamente la definición de la situación, más
allá de la conciencia individual.
El
principio del orden es siempre temporal en su dominio de los
sistemas interpersonales. El orden familiar es efímero: la familia
es un sistema que debe evolucionar e innovar para mantenerse. De
manera que el orden pasa a ser una ley secundaria cuando los nuevos
miembros de una familia se establecen por su cuenta, invocando el
principio de un nuevo vínculo creado con personas externas al
sistema.
El
principio del equilibrio, en este caso, es la pieza que sirve para
hacer la transición de un orden familiar a otro, puesto que es en un
intento de reciprocidad simbólico en el que se fundamenta el
surgimiento de un nuevo orden familiar: la gratitud hacia los
mayores se equipara y transforma en la generosidad hacia los nuevos
miembros del sistema interpersonal. Este es el modo como se consigue
superar la tendencia a la homeostasis y el estatismo de un grupo
como la familia.
El
principio de orden es particularmente importante para autentificar
el surgimiento de nuevos sistemas de relaciones de pertenencia. El
orden en la familia es siempre progresivo: el origen es esencial,
pero el futuro lo es más. Así, los miembros más jóvenes, los
pospuestos, en un sistema relacional, son más vitales y reciben de
los antepuestos toda la fuerza y energía necesarias para progresar.
Solamente las relaciones enfermas, según Hellinger, se mantienen
iguales sin seguir hacia delante, abandonando las homeostasis
creadas (2006, p. 115). Las relaciones humanas deben cambiar y
renovarse para sostenerse con vida.
Sin
duda, similares factores se dan en el grupo de amistad o en la
relación interpersonal de pareja. Las leyes de equilibrio, orden y
vínculo tienen que ir cambiando para permanecer, alterando el orden
cuando sea preciso, desequilibrando la relación cuando lo importante
es la adaptación, y permitiendo la evolución en las relaciones como
algo que las refuerza más allá de la conservación de un orden o
sistema de conducta imperante.
Los
individuos no son en absoluto conscientes de que cuando interactúan
en órdenes de pareja, familiares o grupales, existen leyes que
dominan e incluso anulan la conciencia individual. Estas leyes, como
hemos dicho, actúan como un servomecanismo director del sistema
interpersonal. Así, la ley del vínculo vela por el mantenimiento del
organismo solidario interpersonal creado, más allá de la conciencia
individual: en muchos casos, cuando el vínculo está en peligro o es
dañado, los mecanismos sustitutivos propician que haya tendencias
posesivas y regresivas, o ultraconservadoras, en la unidad familiar.
Ante determinados fallos del sistema grupal la ley del vínculo,
ayudada por los principios de orden y de equilibrio, propicia
medidas desesperadas e inconscientes, por ejemplo, favoreciendo que
un individuo del sistema sea simplemente un personaje al servicio
del vínculo familiar y sin desarrollo vital personal, o que otro
individuo más joven tome el lugar de alguien excluido y su vida sea
simplemente un indicio de un olvido anterior, es decir, una vida
anclada en un trauma del pasado.
La
interferencia de la conciencia interpersonal —si entendemos por tal
este mecanismo servodirector de la conducta humana desde los
principios de conservación y supervivencia grupales— sobre la
conciencia individual es absoluta, y la prueba de ello la tenemos en
la dificultad que las distintas formas de terapia tienen para hacer
emerger de la mente inconsciente principios de funcionamiento, orden
y equilibrio que son muy activos en la vida humana pero permanecen
ocultos en la dimensión interpersonal de la conciencia y la
experiencia.
La mente grupal se
visualiza en el espacio interpersonal
Las
teorías de comunicación interpersonal y de terapia, trabajaron
durante todo el siglo XX en sistemas proyectivos que permitían sacar
de la dimensión interpersonal contenidos e información muy útil
sobre el comportamiento de las personas, y que difícilmente podían
revelarse a la conciencia racional individual.
Así, la terapia Gestalt de Perls (1969, 1974) trabajó con la
capacidad proyectiva de la mente sobre representaciones simbólicas
para permitir que las personas se hicieran conscientes de sus
propios sentimientos. La teoría freudiana trabaja, por el contrario,
utilizando la dimensión dialógica interpersonal como puente hacia la
conciencia individual.
Las
terapias de grupo comenzaron a mostrar el poder que la cognición en
grupo tenía sobre la fuerza de voluntad y la autoestima individual.
Y la psicología cognitiva (Beck 1989) ha mostrado, en resultados que
continúan progresando en la actualidad, cómo la dimensión de la
comunicación interpersonal aloja información vital sobre la conducta
humana, a la que podemos acceder a través de una serie de técnicas
de representación simbólica.
En
la terapia cognitiva (Beck, 1989, p. 91), la comunicación
interpersonal establece las definiciones de la situación que la
mente individual absorbe como representaciones automáticas de la
realidad, la denominada "estática de la comunicación". Una de las
cosas que descubre este autor es cómo actuando sobre la dimensión
interpersonal podemos cambiar actitudes, emociones y autoconceptos
que a su vez influirán decisivamente en las relaciones con los
otros. Las representaciones establecidas en la interacción con los
demás a menudo permanecen ocultas actuando sin que seamos
conscientes de ellas, y todo el trabajo sobre las distorsiones
cognitivas creadas por el sistema interpersonal tiene repercusiones
en las relaciones primarias.
La
teoría transaccional y la teoría de las constelaciones muestran el
carácter sistémico de la influencia entre conciencia individual y
comunicación interpersonal y grupal. Fue Berne (2007) quien primero
mostró hasta qué punto se intersectan y funden las necesidades
básicas de alimentación y supervivencia con las necesidades
simbólicas de estructuración del tiempo y programación de la
conducta, así como con las necesidades de pertenencia y seguridad o
reconocimiento. El individuo, en el concepto transaccional,
identifica y sustituye las necesidades deficitarias de alimentación
con las necesidades sociales, de reconocimiento, y con las de
programación del tiempo o de orden. En el conglomerado de
programaciones de la conducta y el comportamiento estas fusiones no
son en absoluto reconocidas por el individuo.
La
teoría de las constelaciones familiares ha supuesto un paso muy
importante en la elucidación de los principios de la mente
interpersonal o grupal y los modos de llegar hasta ella. Hellinger
trabaja fundamentalmente las representaciones cognitivas de la mente
interpersonal, pero con la gran novedad de permitir que esas
representaciones adquieran forma en el espacio y tiempo presentes
mediante la representación dramatúrgica estática.
En
esta teoría de las constelaciones, el espacio mana sentido. El
espacio está dotado de un simbolismo asociado o anclado a la
representación de las figuras familiares y grupales. Por la
capacidad de las representaciones y cogniciones para revelar los
fenómenos asociados a su creación, cuando se representa o constela
un grupo humano, las posiciones, distancias y actitudes de las
figuras conservan y dejan ver las leyes y principios que los
gobiernan y las relaciones de orden, equilibrio y vínculo asociadas
a las mismas.
La memoria visual
implicada en los espacios de relación
Éste es un descubrimiento de vital importancia en comunicación
interpersonal. Los espacios y las configuraciones espaciales
personales conservan una memoria visual relacionada con la mente
interpersonal y los servomecanismos que la dominan. En los espacios,
aún cuando sean estáticos, está larvada la historia familiar, las
posiciones y formas relacionales de complementariedad y de simetría,
las jerarquías y las anteposiciones y posposiciones, así como pueden
verse, literalmente, en acción los mecanismos de sustitución y de
homeostasis característicos de esa dimensión oculta, como la llamó
Hall (1959), de comunicación humana.
La
teoría de la comunicación interpersonal siempre ha registrado la
influencia del mundo espacial posicional, de la proxemia, de la
situación territorial y otras variables físicas espaciales en las
definiciones de la situación y las actitudes, emociones y
comportamientos personales.
La
que Hall (1959) llamó "dimensión oculta" de la comunicación tiene
además un sentido profundo relacionado con su capacidad de
condicionar la mente individual y de interferir o crear una "mente
supraorgánica" que condicione a la primera mente citada.
Cuando vemos en acción los principios interpersonales y grupales que
hemos descrito, comprobamos que por encima de la conciencia
intrapersonal actúan otras formas de procesamiento y reacción a la
información. Estas formas son las que pueden desencadenar una
escalada, establecer una rígida homeostasis o imponer un orden
jerárquico en un grupo de individuos que interactúan.
Cuando analizamos la teoría de las constelaciones familiares
comprobamos cómo las leyes de orden, equilibrio, vínculo y
homeostasis sistémica constituyen una mecánica espacial
interpersonal con autonomía respecto a la conciencia individual. Se
trata de leyes y de mecanismos directivos de la conducta humana, que
son inconscientes y automáticos, y que inciden poderosamente en la
historia vital de los seres humanos. Todas las formas de
servomecanismos interpersonales actúan, decíamos, como una "mente
interpersonal", autónoma de la conciencia, que puede obligar al
individuo a seguir su tendencia de manera autónoma respecto a su
individualidad.
Si
nos fijamos detenidamente, estos principios interpersonales tienen
siempre un trasunto o analogía espacial, posicional, mecánica.
Muchas de estas leyes pueden representarse espacialmente: la
prelación en el orden familiar, la subordinación en el orden grupal,
la interdependencia psicológica en las homeostasis, la rígida
simetría en espejo de las escaladas.
Existe una física de la relación interpersonal que puede
representarse simbólicamente o, aún más, que puede emanar
directamente de las relaciones espaciales establecidas en la
interacción. Así, para la conducta interpersonal del juego,
conocemos desde hace años de investigaciones que animales y personas
nos ubicamos espacialmente a unas distancias y equilibramos la
fuerza, el tamaño y las capacidades de los integrantes en una
interacción lúdica, para posibilitar esa relación. El espacio del
juego tiene posiciones, equilibrios de tamaño y capacidad, y
distancias de sentido que marcan la relación y son marcadas por la
misma. (Bateson, Goffman y muchos interaccionistas simbólicos
trabajaron en la elucidación de esa microsimbología social e
interactiva). Hall (1959) estudió las distancias de sentido de la
proxemística y ha venido mostrando, en su larguísima carrera, cómo
las posiciones y el manejo del espacio están unidos al significado y
al simbolismo.
Las
imágenes espaciales posicionales están relacionadas con esa física y
mecánica interpersonal, porque se construyen a partir del mismo
fenómeno, la relación con el entorno y los otros. Esas imágenes son
la base para la constitución de la personalidad dialógica del
individuo, como sabemos desde que Cooley, en 1908, habló del "yo
espejo", y desde que Mead o Park mostraron la sociabilidad
fundamental de la constitución de persona (para una recensión
completa véase Gómez, López y Velásquez, 2006, pp. 143-167). Esas
imágenes de las relaciones humanas en el espacio, de las
configuraciones físicas de experiencias imaginadas y vividas,
conservan y almacenan información en la mente individual. Esa
información interpersonal, que es clave para la constitución de la
persona, está almacenada en la memoria espacial, de orientación,
posicional, que es el espejo sobre el que constituimos nuestra
relación con el entorno.
Sabemos por la neuropsicología reciente que la mente emocional y la
mente motora y dinámica básica trabajan con sistemas miméticos del
entorno, por ejemplo, a través de neuronas espejo. La información de
posición y de postura corporal, espacial, es básica en la
psicomotricidad del individuo, pero "se cuela" también en la
percepción del mundo emocional, en la interacción interpersonal, y a
menudo sirve de anclaje para unir esas dimensiones de la mente
humana.
Las
imágenes de las relaciones interpersonales que almacenamos,
construimos y con las que nos orientamos tanto física como
psicológicamente, son vitales en la cognición humana, son
automáticas pero, en muchos casos, no las consideramos parte de
nuestra conciencia. Como información que proviene del entorno, y que
es usada para interactuar, a veces queda ligada al espacio externo,
al mundo exterior, y por tanto no existe en la conciencia como algo
propio, intrapersonal y, de esta manera, digno de conciencia
reflexiva.
Esta explicación posible, que lanzamos como hipótesis, aclara muy
bien por qué las relaciones humanas están unidas a posiciones,
distancias y actitudes físicas y espaciales o de orientación y
mecánicas. Hellinger ha demostrado que, incluso cuando individuos
que no tienen relación con ninguna familia son ubicados y
representan una constelación o sistema familiar, adquieren
información sobre ese sistema e incluso se identifican empáticamente
con su rol o papel en el mismo, permitiendo acceder a información
sorprendente en torno a éste.
Existe una posición y un espacio de relación interpersonal que
cambia cuando las relaciones interpersonales cambian, y que
conserva, porque en su formación así se construyó, información
interpersonal clave. Esta posición, ubicación, manejo del espacio o
distancia física mana información clave de las relaciones
interpersonales, no solamente de las actuales y presentes, sino que,
como muestra la práctica de Hellinger, conserva información de
estados y situaciones precedentes hasta una tercera y cuarta
generación humanas.
Así, cuando manipulamos la comunicación proxémica o representamos en
el espacio presente relaciones humanas, emergen formas de percepción
de la realidad que estaban atrapadas en esa "memoria visual
interpersonal" ajena a la conciencia, y se producen cambios en
actitudes y experiencias que son fundamentales.
Esta información que surge está "plasmada" en el espacio
interpersonal, y no es narrativa en su forma, aunque dé lugar a
información que luego se manifiesta en una forma episódica y
narrativa. Proviene literalmente de una memoria estática, no
dinámica, de las situaciones, y precisamente por este raro carácter,
merece una investigación en profundidad por nuestra parte.
Las
imágenes de la memoria interpersonal constituyen una parte
fundamental de la mente interpersonal. Esta mente convive con la
mente intrapersonal consciente, e interfiere probablemente en ésta.
La "mente y memoria interpersonal" es una "mente ausente", de la que
es difícil extraer nociones si no es traída a la conciencia a través
de una percepción externa como la que conformó sus contenidos.
Otras muchas teorías interpersonales, como la terapia de Alexander
(1967), la psicología de Gestalt, o la terapia cognitiva, trabajan
con la idea de que la simple percepción por la conciencia de los
fenómenos espaciales asociados a la memoria interpersonal arroja
muchísima luz sobre esa memoria y sus leyes en acción. Las
conexiones entre posición corporal y posición psicológica son
complejas, y todas estas escuelas están estudiando a fondo su
control y dominio por el individuo.
Gracias a la representación espacial podemos ver esas imágenes que
no consideramos personales, que son "automáticas", y que constituyen
parte muy básica de la personalidad. Una vez que pasan a la
conciencia se convierten en principios moldeables, en leyes y
dinamismos sometidos a la voluntad individual. Si siguen funcionando
sin la mediación deliberada individual, sus leyes y principios
pueden atenazar dramáticamente a la persona impidiendo su desarrollo
y crecimiento personal.
Debe quedar bien claro que no se trata de estructuras narrativas:
son estructuras estáticas espaciales. Sin embargo, conservan
suficiente capacidad para envolver el desarrollo completo de la vida
individual.
El
uso de la representación espacial interactiva, de la representación
hierática simbólica, la dramatización, la simulación de
conversación, la escritura o el diálogo son sistemas de comunicación
que efectúan un interesantísimo trasvase de información, de la aquí
denominada memoria interpersonal inconsciente o automática, a la
mente reflexiva individual. Con la simple representación y
conversión en espacio hacemos un cambio de perspectiva que permite
la visión de nuestra conducta en otro ángulo, y revela a la
conciencia la existencia de esas leyes y fenómenos del mundo
interpersonal y grupal.
La
comunicación sirve aquí para desarrollar un cambio esencial, que en
algunos casos es aún desconocido en muchos aspectos, pero sin duda
muy eficaz: en el tratamiento de la depresión, el trabajo con la
escritura de pensamientos y el análisis reflexivo de los mismos
permite al individuo dominarlos y controlar su acción emocional. En
las relaciones familiares deterioradas, el trabajo con las formas de
comunicación interpersonal permite detectar la existencia de
sistemas homeostáticos e interponer herramientas para pararlos.
La
terapia cognitiva está desarrollando la capacidad de la mera
conciencia de las distorsiones cognitivas elementales para
desbloquear la energía y el ánimo de un individuo. Los grupos
humanos en los que Hellinger actúa mediante la posición espacial y
la escenificación hierática desvelan tramas familiares que
simplemente por pasar ante la percepción visual deliberada pierden
todo su poder castrante y trágico. Una simple representación
simbólica puede introducir en la "mente interpersonal", mediante la
memoria visual, un sistema de freno y de cambio en el servomecanismo
de conducta grupal. Las posibilidades son aquí infinitas una vez que
se hayan reconocido y explorado.
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