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En escritos
anteriores, presentes en mi pagina personal de Eps Salud, hemos
analizado la situación de la educación y de las escuelas del
presente, las razones de su crisis y hemos propuesto diversas
alternativas y salidas para imaginar y crear la escuela del
futuro, que es la escuela necesaria. En este artículo intentamos
definir cuál es el perfil y el lugar de los educadores en este
nuevo escenario que no renuncia al aporte de las escuelas pero
que requiere otro tipo de actividad y presencia.
01.
ESCUELAS Y EDUCADORES: EL MISMO ORIGEN
No podemos
imaginar, ni proponer la escuela del futuro sin revisar la
presencia innovadora y creativa de sus educadores responsables, los
docentes. La escuela moderna se configuró en torno a la figura de
los maestros que pre-existieron a la estructura escolar y que
encontraron en la organización edilicia y funcional de las escuelas
un rol mas definido, el reconocimiento social y un ordenamiento
temporal, espacial y racional de sus actividades.
El maestro se
convirtió en el centro de la enseñanza, especialmente cuando se
descubrió y se puso en marcha la posibilidad de educar al mismo
tiempo a muchos sujetos, sin descuidar la preocupación y el
seguimiento de cada uno de los estudiantes: el afán por instalar una
educación que igualara a todo y que les permitiera acceder a la
adquisición del patrimonio cultural, disponiendo de una metodología
homogeneizadora y efectiva, requirió la la formación, primero, y la
contratación, después, de los maestros.
A partir del
triunfo de la escuela en los escenarios de la modernidad, los
educadores se convirtieron en el centro de la transmisión de la
cultura: la cultura no se producía en la escuela, pero pasaba
necesariamente por las escuelas, de manera graduada y progresiva,
hasta lograr su adquisición por parte de los alumnos. Ese ritual de
transferencia y pasaje caracterizó a la institución y le otorgó
cierta hegemonía reforzada por el reconocimiento social y la
utilización efectiva por parte de los diversos poderes,
especialmente de los estados modernos. Cuando la escuela se
convirtió en un producto universal, obligatorio y gratuito, la
normalización de sus prácticas demandó la formación de sus maestros
a través de instituciones educativas (escuelas normales) que se
constituyeron en norma y modelo para asegurar el ejercicio efectivo
y homogéneo de la educación: los mismos contenidos, la misma
organización, el mismo método, los mismos discursos, los mismos
educadores.
02.
MARINEROS EN MEDIO DE LA TORMENTA
En la actualidad
los docentes ya no son el eje, el centro y el lugar de paso obligado
de la cultura porque la escuela ha dejado de serlo. Afirma DE
CERTEAU (1999) : “la escuela, que en el pasado había sido
instrumento poderoso de centralización política y cultural, hoy en
día descubre que el poder cultural ya no está localizado en ella,
sino que se infiltra por todas partes, no importa en qué casa, no
importa en qué habitación. La escuela ya no sabe bien dónde
se sostiene.” Los Docentes han dejado de ser los referentes del
saber para pasar a ser los discutidos administradores de algunos
capítulos del patrimonio cultural. “Los docentes ya no son el
centro de la cultura, pero sí sus bordes y aseguran una pluralidad
de señales culturales” (DE CERTEAU, 1999) Han abandonado el
centro de la escena y representan hoy uno de sus puntos de
transición, uno de sus bordes… y tal vez en ello resida – en estos
momentos – su riqueza y sus potencialidades, porque frecuentemente
desde los bordes se pueden construir nuevos centros.
Los profundos
cambios sociales, el ritmo de los tiempos, la sociedad del
conocimiento, los nuevos roles del estado, el crecimiento
desbordante de la ciencia y de la tecnología, las demandas
impuestas a la escuela requieren una profunda aunque progresiva
transformación de los educadores y de su presencia en las
instituciones escolares porque son ellos los que pueden habilitar un
nuevo tipo de instituciones escolares, y es un nuevo tipo de
escuelas el que debe habilitar, demandar, imponer, otro tipo de
docentes en su interior y al frente de sus actividades.
Alguien puede
suponer que esto representa una depreciación, un menosprecio, un
aprecio menor de la función y de la figura del docente, pero en
realidad ser el centro es siempre una ficción: los docentes y las
escuelas fueron durante mucho tiempo el lugar de paso obligado de
la cultura y de los saberes, pero nunca el centro (que parece
remitir más a quienes producen, construyen, convalidan el patrimonio
cultural). Cabe preguntarse si la cultura misma tiene centros, y en
caso afirmativo, certificar de qué centros se trata: ¿de
producción?, ¿de innovación?, ¿de acreditación?, ¿de consolidación?,
¿de selección? Es cierto, empero, que la escuela – al ser un lugar
social de tránsito (de hecho sus usuarios van pasando un de
grado a otro, de un ciclo a otro, de un nivel a otro, hasta concluir
el camino – se convertía y convertía a los docentes en los
administradores: una especie de aduana o puesto de control que
habilitaba los saberes que podían y debían ser considerados tales,
dignos de la cultura y por lo tanto dignos de la escuela.
Las prácticas y
la experiencia revelan este proceso de inclusión y de exclusión: en
la historia fáctica de la educación pueden leerse – como si se
tratara de un cuadro resumen con dos columnas – lo que el
currículum vigente en cada caso fue seleccionando e incluyendo, y lo
que el currículum consideraba inadecuado, poco jerarquizado,
innecesario, nocivo, extraño, vetándole el ingreso. No podemos dejar
sólo de mencionar el cruce de influencias (es decir: poder,
intereses e ideologías) que recorren estas determinaciones. Y los
docentes operaban como funcionarios calificados del órgano de
fiscalización, porque en el control de los sujetos y de sus
prácticas en las aulas (ámbito de funcionamiento efectivo de la
educación escolar) detectaban y expulsaban las cuestiones, los
problemas o los temas que no formaban parte de la cultura y de la
actividad de la escuela. Si los alumnos traían elementos, palabras,
expresiones, ideas, problemas, razones que no estaban dentro de las
predeterminadas por el currículo establecido, eran ignorados o
censurados.
03.
A
LA BUSQUEDA DE UN NUEVO LUGAR
Decir que los
docentes ocupan y se ocupan de los bordes de la cultura, los pone en
otro lugar, porque los obliga a apresar esos espacios de
transición, territorios de encuentro en donde la cultura
establecida, canónica, consagrada, entra en contacto con otras
creaciones humanas que hacen méritos para incorporarse al patrimonio
cultural. El docente asume un papel mas activo porque ya no consume
ni administra solamente la cultura que los responsables de los
sistemas educativos le entregan dogmáticamente organizada y le
obligan a gestionar, sino que él mismo se traslada a las trincheras
y desde allí sale a explorar, a conquistar y a negociar territorios
y producciones humanas. En nuestros días es una cuestión demasiado
discutida efectuar recortes y selección en materia de diseño
curricular, porque a diferencia de la seguridad y la inmovilidad del
pasado, los bordes de la cultura que debemos transmitir son
sinuosos, cambiantes, elásticos, negociables, versátiles, múltiples,
inciertos.
Los docentes que
habitaba el centro eran seguros porque se asumían como parte del
sistema y obedeciendo a la norma impuesta no podían equivocarse.
Cambiaban una libertad relativa por una seguridad protectora. Las
escuelas homogeneizaban a los alumnos, porque partían de la
homogeneización de sus contenidos, de sus métodos y de sus maestros.
Los docentes de los bordes tienen una natural inseguridad, mayor
libertad y un contagioso atrevimiento: quedan en sus manos muchas de
las transacciones y, aun corriendo el riesgo de equivocarse, saben
que contribuyen a un constante enriquecimiento del patrimonio
cultural y de los educandos a su cargo. El saber del pasado basaba
su seguridad en la redundancia de sus mensajes que podían repetirse
– sin mayores cambios – de generación en generación. El saber del
presente basa su riqueza en el carácter entrópico y proteico del
conocimiento y la información, situación que requiere permanentes
adaptaciones, sistematizaciones y rectificaciones.
Esta situación
también cambia la relación de los docentes con el saber y de ambos
con el entorno familiar: en la escuela tradicional, los padres, los
hermanos, las familias eran un respaldo supuesto y obligado para los
aprendizaje de los usuarios de la escuela: habían estudiado con el
mismo libro y los mismos autores, conocían los temas, dominaban las
explicaciones, habían adquirido previamente el mismo saber. En el
presente, las familias se topan con novedades y saberes que no saben
cómo procesar: lo que servía para el hermano mayor no sirve para el
menor, hay temas que los padres – independientemente del nivel
académico alcanzado – desconocen y no pueden operar como respaldo.
De alguna manera se retorna al papel social de las escuelas en los
orígenes: la novedad emergía de la escuela y llegaba a las
familias, porque en muchos casos los padres no tenían ninguna
preparación al respecto. Mas allá de los inconvenientes prácticos
que esta situación puedan plantear, lo cierto es que la escuela y
los docentes pueden convertirse en factor de novedad, de innovación,
fuente de conocimientos ignorados para los diversos grupos sociales.
Mucho de lo que
afirmamos ya está, pero es demasiado abundante lo que nos queda por
conquistar, porque en eso debería consistir la escuela del futuro.
El docente de los bordes, la escuela de los bordes, dejan de ser
previsibles y repetitivos, para convertirse en creativos,
innovadores, productores de nuevos conocimientos escolares,
profesionalmente más protagonistas y afirmados en su rol.
04.
EL DULCE ENCANTO DE LA LIBERTAD
Se trata de
propuestas que no siempre son fáciles de comprender, digerir y
aplicar: juegan con las urgencias y las demandas de la realidad, y
provocan vacíos incómodos y desestabilizantes. Si necesitamos
encontrar nuevos moldes o matrices para las escuelas, su
construcción transita por muchos caminos, y uno de ellos es la
re-formulación del rol y del lugar de docente y de sus funciones.
Trazar algunas líneas de acción es abrir un horizonte que le ponga
rumbo a la marcha, aunque los tiempos del cambio sean muy
prolongados, los riesgos abundantes y el esfuerzo exagerado. ¿Quién
dijo que crear nuevas estructuras ha sido o puede ser sencillo?
Pero para
producir un cambio es necesario liberar a los docentes de las
ataduras del pasado: son precisamente ellos – a pesar de la
declarada voluntad de cambio - los que mas defienden la escuela que
tenemos porque se sienten laboral y culturalmente atados a un modelo
al que están acostumbrados y del que les cuesta desprenderse,
salir. Pareciera que los cambios propuestos deben ser
proporcionalmente aquellos que les permitan mantener vigente el
conjunto de derechos y seguridades previamente adquiridos con lo
que, en general, los cambios proclamados terminan depositándose en
los demás y nunca en los protagonistas de la labor educativa.
Todas las
políticas de cambio y transformaciones suelen estar sujetas a
demasiados condicionamientos, pero – fundamentalmente – suelen
fracasar en el territorio concreto del aula en donde los
responsables pueden sentirse demasiado apegados a las formas
(exitosas o no) que les asegura la continuidad laboral y un tipo de
prácticas con las que se sienten identificados. Esta situación se
agrava porque los docentes – como las restantes profesiones que
forman a sus sucesores y que determinan el itinerario formativo
(diseño curricular) de los aspirantes y novatos - naturalmente
tienden a reproducir prácticas, costumbres y hábitos análogos en los
futuros docentes, en sus sucesores. El pasado pretende perpetuarse
no sólo en el presente sino en el futuro. No resulta sencillo,
rápidamente ventajoso o tentador, porque es difícil imaginar algo
distinto y comprometerse con un camino absolutamente innovador.
05.
ALGUNAS PROPUESTAS
A pesar de todos
los reparos formulados, Intentemos imaginar y definir algunas
propuestas para poblar los nuevos escenarios educativos y escolares
con nuevos actores que sepan interpretar la obra que efectivamente
se representa y que tratamos de disfrutar.
1º. El valor de
las Palabras.
Los Docentes han confiado demasiado en el poder – casi mágico,
sagrado, automático - de las palabras: las explicaciones, las
lecciones, la escritura, los cuadernos, los libros, los pizarrones,
las advertencias, las correcciones. Y tenían razón en hacerlo porque
la civilización en la que nacieron era un universo de palabras. En
nuestro tiempo, tal vez, sea necesario desconfiar de la hegemonía
de las palabras y habilitar otras formas de comunicación. Hay cierta
patología que envuelve al lenguaje del aula: circula un número de
palabras y de mensajes superior a la cantidad de cosas e ideas
significativas: se dice mas de lo que se piensa, mas de lo que se
sabe y mas de lo que efectivamente se quiere y se puede transmitir.
La sacralidad primigenia de la palabra ha sido sustituida por
profanación de los vocablos, el bastardeo de los significados, la
plurifuncionalidad de las expresiones, la equivocidad de los
mensajes. No se pone en duda el valor de las palabras para designar
el mundo que tenemos y que nos rodea: es oportuno sospechar de su
poder comunicativo, del valor de su emisión y de la circulación de
los sonidos que pueden transformarse en resonancias huecas y en ecos
inservibles. Medidas, ajustadas, asociadas con las imágenes las
palabras deben ser nuevamente des-cubiertas y re-conquistada como un
instrumento significativo y con capacidad de comunicación. Los
mensajes se desarticulan, emisor y receptor no se encuentran y es
necesario reconstituir canales y códigos en el interior de las
escuelas y entre todos los actores: recuperar la capacidad de
hablar, de escuchar, de atender, de entender, de comprender: sin
mensajes y sin comunicación no hay institución, no hay educación.
Pero las palabras – en nuestros días – representan sólo uno de
instrumentos de comunicación, de transmisión del patrimonio
cultural, de educación.
2º. Otra
presencia de los Docentes en aula.
Aunque la tradición ha consagrado la presencia de cada docente en el
espacio del aula, como único e inmediato responsable de la educación
y de las actividades de los alumnos, se imponen otros tipos de
presencias:
-
Co-existencia de dos o más docentes que puedan desempeñarse en
diversos lugares de la clase o momentos de la lección, con
posibilidad de complementarse y de sustituirse, de atender a las
demandas del grupo y a los requerimiento de los sujetos, a los
diversos ritmos de aprendizaje, funcionando como equipos que se
evalúan mutuamente y que se enriquecen con estilos y saberes
diversos y articulables.
-
Otras formas
de presencias docentes con el ingreso sistemático y planificado
de especialistas que pueden dar cuenta de sus saberes y de sus
experiencias, que se hacen cargo de las clases por un tiempo,
que tienen una función transitoria y que no necesariamente se
profesionalizan en la tarea de enseñar, sino que permanecen
fieles a los quehaceres y saberes originales. Asumen otras
formas de relación laboral y profesional, pero aseguran mayor
creatividad, novedad y actualización en los diversos temas y
aspectos de la cultura. En el aula o fuera de ella, se hacen
cargo de los grupos, acompañados de otros docentes,
profesionalmente identificados con esa función y con capacidad
de ordenar y contener a los grupos, de procesar y sistematizar
los saberes, asegurar la adquisición de los conocimientos y los
procedimientos, evaluar, acreditar y promover. Este juego
dialéctico entre actores profesionalmente distintos permite un
rico intercambio porque no siempre los que disponen del saber,
dominan los procesos de sistematización y los que sistematizan
frecuentemente no disponen del saber actualizado.
-
Rotación
periódica de los docentes que abandonan el vínculo que pareciera
unirlos indefectiblemente con un grupo de estudiantes por un año
o por un ciclo. Se impone una modalidad que dinamice la
presencia y favorezca el intercambio de los que enseñan para
movilizar a los que aprenden en un proceso permanente de
reconocimiento y de adaptación mutua.
3º. Potenciar el
valor de los saberes de los alumnos
y abrirse a la diversidad de los conocimientos. No se trata de
respetar los saberes previos de los alumnos pre-definidos
como tales porque responden al cuerpo de conocimientos que los
maestros deben transmitir y sistematizar. Lo que interesa es recatar
y respetar a los alumnos porque son portadores de saberes
generacionalmente diversos, parte activa de una dinámica cultural
que germina en ellos y luego pasa (o no) al universo de los adultos.
En realidad se trata de saberes, a secas, saberes que solamente
están en poder de los alumnos como usuarios y protagonistas de una
nueva generación y con condiciones de aportar lo que saben. Si la
escuela es el lugar de los saberes, de la transmisión de la cultura,
la escuela es también el sitio para que las jóvenes generaciones -
con un dinamismo y un poder creativo desconocido en el pasado -
puedan enseñar y en sitio en el que los adultos pueden aprender,
accediendo a sus producciones culturales, las diversas formas de
manifestación artística, sus códigos, sus costumbres, sus
concepciones y su forma de organizar la vida. Es otra dinámica de la
cultura que fluye y brota desde y hacia todas las direcciones. Los
adultos son los docentes, pero también son los padres y la misma
sociedad. Estos neo-aprendizajes no desplazan ni vulneran los
derechos de los educadores, ni sus posibilidades, ni su autoridad,
ni su lugar, sino que jerarquizan su presencia, porque son los
educadores los que deben usar todos sus saberes para contribuir a
procesar, a tamizar, a juzgar críticamente todo y cada uno de sus
materiales y contribuciones. Dejar que los alumnos dejen fluir sus
saberes para encontrar una plataforma de les permita retrabajarlos y
discutirlos es imaginar una nueva presencia escolar y docente.
4º. Docentes
dispuestos a crear espacios de cuidado, de hospitalidad y de amparo
en un mundo atravesado por síntomas crecientes de orfandad. La
desarticulación de las estructuras y de las instituciones
protectoras (familia, religión, sociedad) ha diseminado demasiados
desamparos y la escuela debe incorporar y asumir el resguardo social
que construye a los sujetos a partir de las nuevas prácticas. No se
trata de una función complementaria y ocasional, sino una función
esencial: las escuelas deberán convertirse en estructuras sociales
que logren – en una especial acepción de la palabra - “domesticar”:
es decir “dar territorio, cobijo, protección, casa donde vivir”,
posibilidad de convivencia, relaciones, supervivencia. Es volver a
civilizar pero enalteciendo el término y creando las condiciones de
humanización. Es una nueva versión del tutor que acompaña el
crecimiento y sirve de guía facilitando el paso de la heteronomía a
la autonomía. Para poder cumplir con ese requisito los docentes
deberán prepararse en muchos sentidos: como personas (ya que no
todos pueden cumplir con este rol) y como profesionales (ya que hay
medios adecuados para ejercer tal función): no servirá sólo la buena
voluntad sino la preparación específica, pero tampoco servirá la
preparación sino hay un compromiso moral y una predisposición
personal y psíquica para ejercerlo. Por eso afirmamos que se trata
de presencias y funciones distintas, lejos del común denominador que
exigían un mismo tipo de docente para el ejercicio de funciones
análogas y permanentes en el sistema. La misma carrera docente puede
seguir itinerarios diversos y sucesivos cambios de funciones, en la
medida en que personal o profesionalmente se sienta preparado y
habilitado.
5º. Un
itinerario formativo innovador:
la estructura de preparación de los docentes es hija de una larga
tradición bicentenaria. Aunque ha incorporado cambio y exhibe
transformaciones, el formado responde bastante al original, el que
preparaba los recursos humanos y profesionales para la escuela
moderna. Si se producen mutaciones en las escuelas y el perfil de
los alumnos-usuarios es absolutamente otro, si las familias
construyen otras relaciones con la educación y la sociedad toma
distancia de las escuelas, es oportuno pensar en otros trayectos
formativos que habiliten recorridos innovadores. Los saberes
disciplinares, los conocimientos específicos de la ciencia, del
arte, de la tecnología deberán crecer en amplitud y en profundidad,
respondiendo a un concepto mas abarcativo de cultura y de patrimonio
cultural que se alimente y se sostenga a través de la formación
permanente. Pero sobre todo en los docentes debe haber un capital
cultural – objetivo y subjetivo - en permanente expansión y procesos
de inversión, no tanto porque se dominan todos los contenidos, los
saberes, los conocimientos, la información (para eso deberán estar
los docentes-especialistas puntualmente preparados, contratados e
incorporados al sistema) sino porque se dispone de recursos para
seleccionar, evaluar, interpretar clasificar, y sugerir usos y
aplicaciones de todo el patrimonio cultural. Para poder “intervenir”
en todos los campos y disponer de la capacidad efectiva para
articularlos entre sí hace falta otro tipo de conocimientos, una
dinámica distinta en la adquisición constante y creciente de los
saberes, en la renovación y en la actualización de los mismos,
basados en otra posición frente al conocimiento y el aprendizaje.
Por eso los archivos, las bibliotecas, las bitácoras, los
portafolios o las mochilas de los docentes no estarán pobladas
solamente de carpetas, libros y hojas para la corrección, sino
también de otros soportes tecnológicos: imágenes, objetos, sonidos,
archivos, videos, conexiones a diversos sitios virtuales, etc. Un
docente armado tecnológicamente y con capacidad de poner la
tecnología cotidiana y naturalmente a su servicio y al servicio de
su labor de educador.
6º. Un docente
dispuesto a interpretar
- junto con sus colegas en instituciones escolares críticas, con
generosa producción y circulación de ideas – los signos de los
tiempos, con capacidad para leer el ritmo de la sociedad y sus
transformaciones, las demandas y los nuevos paradigmas del marco
laboral, los criterios para constituir vínculos sociales, la
configuración de la familia y la circulación de los afectos, los
nuevos usos y costumbres, los mecanismos del ocio, la irrupción de
la cultura del goce y el placer, el disfrute y el consumo. Ese es el
marco en el que viven los alumnos y los docentes. Para todas esas
realidades – y rodeada por ellas - trabaja la escuela que mira el
presente anticipando y ayudando a construir el futuro. Una escuela
que – como hemos dicho en otro artículo – es para todos y cada uno
de los momentos de la vida… por lo que no puede haber una sola
formación docente, ni una definitiva, ni una única manera de serlo
como en el pasado. La interpretación de estos signos le permitirá al
educador encontrar el lenguaje justo, la palabra oportuna para no
naufragar en medio del océano de la incomunicación y de la
incomprensión. Sabe lo que pasa y qué debe hacer con lo que pasa:
propone un horizonte pero conocer puntualmente el estado del
territorio y los caminos.
7º. Romper con
las barreras de tiempo y espacio.
El encierro disciplinar moderno cristalizado en una definición
acotada del espacio y una medición puntillosa del tiempo debe dar
lugar a otras propuestas, mas abiertas, dinámica, libres. Es verdad
que la clase – con sus límites definidos, sus espacios delimitados,
los lugares asignados y los cuerpos dóciles – otorgan seguridades. Y
que la arquitectura del aula asociada a la tiranía de reloj, de las
horas y los minutos, de la entrada y la salida, del adentro y del
afuera, de la obligación y del placer permite prever y organizarlo
casi todo. Los docentes deberán pensar en otros lugares, otros
entornos de aprendizajes, muros más virtuales que reales, en
verdaderos lugares que permitan acceder con mayor facilidad a la
realidad, a la observación, al mundo de la vida. Por su parte la
posibilidad de enseñar y los ritmos de aprendizaje no siempre se
puede encerrar en unidades de tiempo pre-definidos, sino que pueden
surgir de la formulación de proyectos dinámicos y creativos que
construyan las pausas y sus límites, aun adaptándose a los
requerimientos de los alumnos, a sus ritmos y a sus necesidades. Ya
no hay una clase, una lección, un solo discurso, una sola
obligación, sino que la enseñanza y los aprendizajes se bifurcan en
muchas direcciones. Es otro el sentido de la disciplina, de la
organización, del control, de la misma institución: tal vez más
complejo, pero seguramente más productivo.
8º. Puesta en
marcha de nuevos relatos.
La educación funciona alimentada por motivaciones y principios. El
que educa y el educando reclaman razones cruzadas con recursos
discursivos y emocionales. Los relatos son los que nos permite tejer
historias sobre el pasado y el futuro, combinar imaginación y
realidad, deseos y propuestas para darle sentido a las actividades,
a los esfuerzos, a las renuncias, al trabajo, al sacrificio, a la
obediencia. No pueden ser relatos vacíos, sino plenos de contenidos
que se construyen al calor de la realidad y con los significados
vigentes. Los buenos relatos requieren también figuras
significativas que reflejen en el presente lo que la educación
propone para el futuro. Nunca son totalmente reales, fieles,
verdaderos: están asociados con la creación, el sueño, lo verosímil.
En realidad se trata de aportar al futuro y toda apuesta comporta
riesgos y posibilidad de éxitos. Los educadores son creadores de
relatos o transmisores críticos de los mismos, adaptado día a día a
los sujetos y a los contextos. Son esos relatos los que
indirectamente dan respuesta a las preguntas de fondo: ¿por qué
estudiar?, ¿por qué la escuela? , ¿qué es lo que me servirá? , por
qué tanto esfuerzo? ¿qué sentido tiene la vida cuando uno no está
entre los elegidos que ya lo tienen todo?
9º. Docentes
seguros en sus convicciones
menos estructurados y obedientes a los formatos institucionales. Los
educadores del pasado se asumían como funcionarios del sistema que
debían reproducir el modelo establecido. Los contrataban, les
pagaban y sobrevivían si se adaptaban a las demandas del sistema
(principalmente en manos del Estado). La misma vigilancia que los
maestros ejercían con sus alumnos a través de las miradas eficaces y
panópticas, la ejercía el sistema sobre los maestros (con otro tipo
de miradas y oídos, y de panópticos). Los docentes necesarios se
afirman en sus convicciones – que responden a los principios de la
educación necesaria – y desde la autonomía de su pensamiento
construyen sus espacios y definen su tarea. Son parte del sistema
pero no son sus funcionarios ni sus representantes, precisamente
porque el sistema se enriquece en la medida en que potencia a sus
actores, se alimenta del pensamiento, de la creatividad, de las
convicciones de cada uno de ellos. No hay una recopilación de
fórmulas y prescripciones, sino un mandato explícito que llama a la
construcción autónoma, aunque en diálogo con los colegas y
referentes. El sistema no es ya una sola idea ejecutada por miles
de funcionarios, sino miles de ideas y de iniciativas construyendo
la variedad y la pluralidad del sistema que se asume como el
promotor y el responsable último.
10º. Docentes
ocupados y preocupados la equidad
a través de la promoción de cada uno de los sujetos de aprendizaje
según sus propias condiciones. El sueño de la igualdad ha sido
sepultado por los nuevos tiempos. Y lo que nos espera es el
reconocimiento, el respeto y la defensa de la diferencia, de la
singularidad. No se puede ni se debe dar todo y lo mismo a todos sin
distinción, sino a cada uno lo que necesita. Abandonado el discurso
de la igualdad se impone el principio de la equidad: porque es
necesario ofrecer y facilitarle a algunos mas que a otros, proponer
y exigir, acompañar y orientar en el sentido. Las condiciones
personales, la propia historia, el contexto familiar o
socioeconómico, el recorrido en el sistema educativo son factores
que marcan identidades y diferencias que los docentes no pueden
desconocer y con los que deben trabajar. El educador no viene a
decirles a todos y en general lo que debe hacer, sino a preguntarle
a cada uno que es lo que quiere hacer de su vida, para que se pueda
– a través de la educación - despertar, acompañar y completar la
autodeterminación de cada uno de los sujetos.
Hemos intentado
definir un camino por el que deberían transitar el porvenir de las
escuelas y de quienes en ella cumplen un rol protagónico: los
docentes, los educadores. No deberíamos olvidar que quienes definen
y anticipan algunos de los rasgos del futuro es porque ya se han
puesto a construirlo transformando el presente.
Prof. Dr. Jorge Eduardo
Noro
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